Procesos de chapa

REPARAR ACERO: PUEDE SER FÁCIL
El acero es (y seguirá siendo al menos durante un tiempo) el material más empleado para la construcción de los amovibles en carrocería. Su sustituto, el aluminio no acaba de despegar de manera clara, pese a la relativa economía de fabricación y sus ventajas técnicas. El acero no será tan malo cuando lleva 100 años usándose en automoción, aunque ya se sabe que se tiende a demonizar tal cual inquisición el producto anterior cuando el nuevo mejora sustancialmente. Deducimos que no será tan buen negocio cuando modelos populares siguen con el anticuado acero.
Si repasamos algunos "inventos" que no han podido con brillante metal, destaca las carrocerías de plástico que por ejemplo Renault fabricó en sus Space. La idea era buena, pero las cifras no tanto. Demasiados procesos manuales en su fabricación. Peor aún reparar, bastante complicado para lo que se acostumbra. En modelos más cotizados como Alpine, en su día no los querían ni en los desguaces, sin chatarra que vender al peso, no sirve, no vale. Por su puesto, su rareza se paga a precio de oro.

Carrocería de un Alpine


Chasis de acero y carrocería de poliéster en un deportivo espectacular



Matando nostalgia y siendo realistas, nos encontramos en que la mayoría de vehículos siguen apostando por el acero, si bien es verdad que piezas consideradas auténticos lastres para la dinámica del vehículo como los capós, empiezan a fabricarse en aluminio.

Por curiosidad, ¿cuanto cuesta un capó de acero?
Mucho, pero menos que de aluminio. Por ejemplo, en un capó de aluminio de un Tuareg 2011, cerca de 900€. Eso sí, ya listo para aparejar y pintar. En un Golf Plus ronda los 350€ echo con acero ligero. Más fácil, más barato, pesa un poco más, pero claro, sigue siendo "chatarra".


¿Empiezo ya?
Reparar, cuando toca, es relativamente sencillo. La teoría se resume en algo así como: igual de fuerte que el golpe, pero al revés. Esto viene a ser que el esfuerzo aplicado sobre la deformación debe ser equivalente pero en sentido contrario (no vale echar marcha atrás y golpear una pared para compensar). Como no podemos determinar con exactitud la magnitud de la fuerza, ni su módulo, ni nada de términos físicos, no queda otro remedio que usar el arte (y el sentido común).
En reparación, se usa la técnica la palanca. Imaginemos que tenemos un alambre, lo doblamos e intentamos posteriormente enderezarlo. ¿Dónde hemos apoyado el pulgar para ponerlo recto? En la curva (acritud) y ¿dónde hemos echo palanca para intentar llevarlo a su estado original? Alrededor de la curva, allí donde se aprecia deformación. Bien, pues ya sabemos que si queremos enderezar un metal, buscamos un punto de apoyo (la parte más hundida; allí colocaremos el tas) y el movimiento corrector lo proporcionamos con el martillo en la parte más alta; alrededor del daño (costilla). Bastará unos suaves golpes repetivos para que surja la magia y el daño desaparezca por si sólo.

Si es tan fácil, ¿por qué no me sale?
Bueno, tan fácil no será, si no lo haría cualquiera el domingno por la mañana y no habría talleres de chapa. Resulta que el metal está "vivo". Volvamos a poner un ejemplo muy gráfico: si cogemos una bolsa de plástico y hundimos un dedo en ella, ¿que ocurre? la bolsa se ha deformado, pero por un momento, al principio parecía que no le pasaría nada. Esto es debido a que el acero tiene ciertos limites. El primero es el límite elástico. El metal (la bolsa en este caso) se deforma, pero no lo suficiente para que se mantenga en esa posición. Como hemos sido brutos y hemos hundido mucho el dedo, hemos superado el límite elástico para pasar al límite plástico. Ahí ya no hay vuelta atrás. La deformación es permanente e irreversible. ¿Qué ha ocurrido? El material se ha "estirado". En el acero, se dice que se estira cuando aumenta su superficie y se reduce por lo tanto su espesor. Esto se traduce cuando presionamos la chapa y se produce el flambeo, está fofa, imposible recuperar su forma original y dureza. Necesitamos un tratamiento térmico. Algo que me provoque la recuperación de ese espesor perdido. Aquí ya interviene la tecnología. Necesito una máquina que me aporte calor sin alterar la composición química del acero.

Calor para endurecer
Es lo que hace la máquina (spot). Aporta calor, dilata la chapa y entonces rápidamente la enfríamos bruscamente. Quedará contraída, dura, recuperará su dureza pero tensionada. Veremos que existen ciertas deformaciones residuales que sólo se eliminarán realizando un batido con la lima de repasar. La chapa vuelve a su sitio, igual que antes que el impacto. Ahora si que es magia. Hemos conseguido reparar un daño que era fácil, luego se complicó un poco, pero se ha conseguido reparar perfectamente.
Ahora ya sólo queda pasar a la parte de igualación (aunque seamos muy buenos reparando acero, siempre necesitaremos una gota de masilla), preparación y pintura.
En la siguiente presentación, se muestra el arsenal de herramientas del chapista, el proceso de reparación y unos buenos consejos para practicar las reparaciones.




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